Cuando el viaje cambia de dirección
Seguimos viajando. Los kilómetros continúan, pero este año también queríamos aprender a fluir con el invierno. Y Francia, esa Francia que tanto nos sorprende, volvió a ponernos delante a personas capaces de cambiar una ruta entera con solo una mirada amable. Como Jean-Luc.
Lo encontramos —o quizá él nos encontró— mientras cambiábamos el propano de la autocaravana. Hacía un frío que calaba, y nuestra siguiente parada en el mapa era Roquefort. Él se acercó curioso, sorprendido de que pudiéramos llevar dos bombonas. Le parecía fascinante; a mí me pareció hermoso que algo tan simple pudiera generar una conexión tan honesta.
El frío nos apuraba, pero no queríamos que la conversación muriera ahí.
“¿Te apetece un té con nosotros, Jean-Luc?”
“Claro, ¿por qué no?”
Y así, entre té y croissants, empezamos a conocernos. En ese momento recordé un comentario que escuché días antes, en España: una mujer insistía en que no debía invitarse a desconocidos a casa “porque no sabes quién es”. Lamento que haya miedos que se hacen costumbre, quizá por experiencias dolorosas. Pero en ruta es distinto. En ruta, compartir es oro. Conocer es parte del viaje. A veces incluso es más importante que el lugar en sí. Los paisajes se olvidan; las personas no.
Jean-Luc nos abrió su vida con una naturalidad que solo tienen quienes han vivido mucho. Era actor, había aparecido como extra en varias películas del Oeste. Cuando nos mostró la lista de títulos nos quedamos boquiabiertos. Fotos, personajes, anécdotas… otro té, por favor.
Llevaba más de 25 años trabajando los fines de semana en espectáculos de temática western. Nos enseñó imágenes de sus personajes, de su hijo —con quien compartía esa pasión desde pequeño— y de su mujer, vestida como dama del salón del Oeste. Sonreía mientras pasaba las fotos, y yo me preguntaba qué recuerdos estarían desfilando por su mente. Quizá eso quede para el siguiente té.
Cuando empezó a llover, vimos que llevaba una pequeña caja. Tenía que caminar cuatro kilómetros hasta su casa. No tiene coche. Va a todas partes a pie. Llueva, nieve o haga calor. “Estoy acostumbrado”, dijo sonriendo. No lo dudamos:
“Te llevamos. Déjanos hacerlo.”
Aceptó, y con ese gesto empezó una de esas visitas que no se olvidan. Llegamos a su casa en plena Francia rural, donde el tiempo parece haber dejado de correr. Y nos abrió las puertas a un mundo lleno de tesoros: un garaje convertido en museo, joyas mecánicas detenidas en el tiempo. Un Citroën de 1920, carruajes antiguos, camionetas, bicicletas modificadas por él mismo… Un regalo inesperado, sobre todo para nuestro hijo, que adora los coches antiguos.
El viaje a Roquefort dejó de importar. Había algo más grande delante.
Hablando, llegamos a un lugar del que nunca habíamos oído: el Lago del Agua Azul, escondido entre montañas. Decidimos ir juntos. Caminamos bajo la lluvia, compartiendo uvas, mientras las aves buscaban cobijo y el viento movía los árboles. La tarde cayó lenta, y sentí que en ese paseo nuestra familia tenía un miembro más.
Ese lago fue un regalo. Mágico, especial, casi irreal. El agua azul parecía de otro planeta. Nuestros hijos aprendieron de la forma más bonita: sin etiquetas, sin miedo, sin prejuicios. Solo con curiosidad, confianza y amor. Y nosotros, como siempre, aprendimos a ver la belleza de la vida reflejada en los ojos de las personas que se cruzan en nuestro camino.
La ruta, en el fondo, siempre sabe por dónde llevarte.
Seguimos en contacto con Jean-Luc. Seguramente así será por mucho tiempo.